Los Concheros

Andrés Garrido del Toral, Cronista de la ciudad de Querétaro, en sus redes sociales, nos comparte este documento sobre una de las celebraciones más importantes de nuestra comunidad.

Foto: Manuel Escoto Patiño

 

LOS CONCHEROS

Ha llegado el 13 de septiembre, con él llegó la hora del danzante.
De las mochilas y costalitos de manta salieron los trajes colmados de encantadores adornos y motivos prehispánicos. Aparecieron en el aire penachos recargados de plumas del llamativo faisán, del rozagante pavo real, del patriarcote gallo, del nativo guajolote y aún de la sumisa gallina. Saltaron los huaraches amoldados al pie y las faldas y los huipiles bordados para vestir a las doncellas.
Sonó el castañeteo de las hueseras de ‘huesos de fraile’. Empezó el rasgueo de los instrumentos de concha, el tam-tam del teponascle y el retumbar del huéhuetl, y al resonar del caracol como el clarín que llama a la batalla surgieron, atraídos por los ecos del pasado, los guerreros, los príncipes, el gran señor.
Es la magia y la realidad. Es el ayer y el hoy, la fantasía y el rito que crea la atmósfera propicia para entrarnos a un tiempo-espacio-magia-religión único.

No es un folklore, es un rito sagrado. No es para aplaudir, es para meditar y orar.
Al releer el libro “LOS CONCHEROS LA OTRA REALIDAD” de Manuel Escoto Patiño, han surgido en mi recuerdo algunos hechos que demuestran cuán prestos somos para destruir nuestro patrimonio cultural, y sobre todo el intangible, que da sentido a nuestra vida comunitaria. Pero no sólo en ese sentido, sino también a nuestra vida espiritual particular y por ende social, que identifica a un pueblo en los mismos ideales y en la misma fe, y que lo fortalece ante el intento de penetración de otras maneras y otros modos.
Del enfrentamiento religioso nació para estos pueblos indígenas una nueva fe. Ambas partes cedieron un poco. Los franciscanos y demás religiosos entendieron que había que implantar e imponer la Cruz, a las Tres Divinas Personas, a los santos y a las vírgenes, y para poder hacerlo destruyeron los centros ceremoniales religiosos de los indígenas y sus deidades, y los sustituyeron con los templos y las imágenes que fueron para su imaginación otros centros ceremoniales y otros dioses.
Los naturales fueron despojados aparentemente de sus creencias. Violentados y humillados aceptaron otras deidades, las imágenes de cristos, de santos y vírgenes, y todo quedó a medias, pues ni resultaron tan totalmente cristianos ni tan totalmente idólatras.

Ante la necesidad de evangelizar, los frailes les contaron historias llenas de misterio, de hombres y mujeres que hacían milagros y prodigios, y para honrarlos promovieron la formación de agrupaciones indígenas en corporaciones o cofradías. Con ello dieron a los naturales la oportunidad de cuidar y mimar personalmente a sus nuevos ídolos, digamos mejor, para no molestar, a sus deidades ajenas.
Empezaron a formarse nuevos usos, costumbres y ritos, creando una rica y colorida costumbre que con el tiempo se ha transformado en tradición. Estas solemnidades son santas y obligatorias para los integrantes de las Mesas de Concheros, costumbres y ritos que se han repetido, en el mismo sentido, año con año, hasta convertirse en una abigarrada tradición, no solo intramuros, sino en la calle, y todo ejecutado con igual fe.

La fuerza de las costumbres y tradiciones no radica en la frecuencia con que la gente las practique, sino en que la gente comparta auténticamente las ideas y creencias que originaron la costumbre y la tradición. En el caso de los concheros, el cumplimiento cabal de la obligación ha dependido mucho de que las personas creen de verdad en la divinidad de La Santa Cruz, porque ‘Él es Dios’.
Empieza el mitote la noche del 12 de septiembre. Primero se realiza la velación de la Santa Cruz de los Milagros, el lugar ya fue barrido y trapeado, se ha colocado una mesa grande de madera, cubierta con un mantel blanco, en donde se han puesto las reliquias que tutelan la mesa destinada al oratorio y acomodados alrededor, ramitos de hinojo.
En el suelo tres cirios y una losa de piedra o de ladrillo, de treinta centímetros por lado. Sobre esa piedra se prende ‘La Cuenta’, constituida por cinco velas de cebo.
A la mano están las piñas o cabezas de la cucharilla, los bastones y las custodias que se vestirán durante la velación, un plato de cigarros para quienes quieran fumar durante el acto, otro con copal y al centro el sahumador encendido previamente por la malinche de sahumador, que no dejará apagar.
Han llegado las ofrendas: ceras, flores, alimentos y frutas que son colocadas alrededor de las reliquias, una vez purificadas por la malinche con el sahumador.
Todo está listo, suenan las conchas entonan las alabanzas y se oye la frase ¡Él es Dios!

Roberto Servín Muñoz
Cronista Emérito de Querétaro
Extracto de A vuela Pluma no. 36
Foto: Manuel Escoto Patiño

 

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