Celebra Cómicos de la Legua 59 años

El grupo teatral de la UAQ fue fundado en 1959 por Hugo Gutiérrez Vega se prepara para celebrar su LX Aniversario

Es uno de los grupos de artes escénicas más antiguos del continente americano

 

Este mascarón, del arbotante de santa Rosa de Viterbo, es el símbolo de los Cómicos de la Legua

 

Retomamos de las redes sociales del cronista de Querétaro, Don Andrés Garrido del Toral,  el siguiente texto, el cual compartimos integro y nos sumamos a la celebración, ya que aquí, ilustre senado, comienza la vida del teatro contemporáneo.

UN AÑO MÁS

Cincuenta y nueve años han pasado desde aquella primera vez. Fue la noche del 5 de septiembre del lejano 1959, lo recuerdo muy bien, y el lugar, el largo y estrecho atrio de Santa Rosa de Viterbo.
Nos sirvió de luneta general la angosta calle, de plateas la banqueta y de palcos, las ventanas de las vecinas casas; con ello le dimos forma a nuestro teatro callejero. Las sillas del lunetario y plateas desgastadas por el uso, brindaban a nuestros espectadores un inseguro y nada confortable asiento y más, por estar sobre los morrillos del arroyo o sobre las disparejas losas de la banqueta. En los palcos, los vecinos arrimaron cómodos sillones a puertas y ventanas. Como caseta de iluminación y tramoya funcionaron perfectamente las azoteas de las bajas y humildes viviendas de barriada pobre de una ciudad que fue opulenta, con puertas pequeñas y ventanucos de rejas de madera que tenían el privilegio de admirar, día a día, la majestuosa mole del templo.
Una hilera de focos y dos o tres reflectores de los que usaban los estudios de fotografía, prestados amablemente por Esteban Galván, constituían nuestro equipo de iluminación; nuestro maquillaje lo formaban un lápiz negro y un café, para señalar arrugas o agrandar los ojos, y un labial para dar color a las chapas y a los labios, los tres sustraídos del bolso de la hermana o de la tía; unos gramos de lana cardada y una tasa de engrudo fueron suficientes para confeccionar y pegar bigotes y barbas. Usamos talco para pintar canas, empolvando el cabello, que en aquel entonces teníamos en abundancia. Resultaba cómico, pues bastaba una palmada en la cabeza o colocarnos el sombrero para que una nube blanca brotara de nuestra cabellera. Para pintar la cara de negro se uso un tapón de corcho que quemamos, untándonos el tizne con crema; para blanquear, crema con óxido de zinc.

 

El mascarón, un elemento contestatario de los constructores del templo, la identificación de Cómicos de la Legua

El vestuario, nuevo, fue confeccionado por las señoritas Beltrán que tenían su taller en la casa del obispado, en la Av. 16 de Septiembre, elaborado con humildes telas, ya de manta, ya de cabeza de indio, tafetán o franela. En esos años aún se podían conseguir en el mercado las alpargatas, pero si era necesario usar zapatos, se disimulaban agregando una hebilla dorada sobrepuesta al calzado cotidiano. Los muebles sí fueron elegantes, pues el Lic. Fernando Díaz Ramírez, Rector de la Universidad, nos prestó los sillones del Aula Magna de nuestra máxima casa de estudios.
Pero lo que resultó magnífico fue el escenario: el porche de un convento ultrabarroco de beatas franciscanas. Los altos muros coronados con balaustradas de arquillos simétricos, los pináculos en las azoteas, como centinelas napoleónicos; el portón conventual de tupidos escarterones; los arcos triunfales de las puertas del santuario; el drapeado de canteras recamadas de ornamentación barroca; los estirados machones adosados al muro; los botareles gemelos con mascarones teatrales, de los que uno de ellos funge como icono del grupo; el cubo del campanario chinesco con adarajas de berroqueña; el altozano cubierto con losetas de cantera y la gradería que corre a lo lago de él; todo estaba como preparado desde hacia siglos, con cariño y visión por los Vázquez y Loera, y de las Casas, para la aparición de los Cómicos de la Legua.

La luna se asomó, como una diosa blanca entre nubes negras, quién no tembló al escuchar: “¡PRIMEEEEEERA LLAMAAAAAAADA!”, que fueron las primeras palabras de aquella noche teatral, pronunciadas por Juan Servín, cantadas como un alegre pregonero vestido a la usanza del siglo XVII y portando un farol que emitía luz mortecina. Al público, compuesto por los verdaderos amantes del teatro, los familiares de los actores, y el pueblo mismo, le picó la curiosidad y esperó ansioso la segunda y tercera, para escuchar el prólogo y disfrutar la representación.
De los muros del monasterio brotaron mágicamente los personajes de la literatura del Siglo de Oro Español. Todo era extraño y nuevo para un público acostumbrado a ver teatro dentro de una sala de espectáculos, pero más extraño fue escuchar las Coplas de don Jorge de Manrique a la Muerte de su Padre bajo lluvia torrencial, que fue el bautismo de los novatos actores.
Han pasado ya 59 años.

 

 

Los periodistas me preguntan qué se siente al llegar a esta edad y no hay más que una respuesta correcta: se siente uno viejo. En el camino fuimos dejando los años pero llenamos nuestras alforjas de pensamientos, sentimientos, pasiones y experiencia. Estos casi cincuenta años nos han enriquecido espiritualmente. Las satisfacciones son muchas; sólo me bastará recordar la crítica que hizo don Antonio Espino, desde Madrid, publicada en el Heraldo de México, con motivo de la primer gira por Europa: “Por el escenario del Teatro Español ha pasado una ráfaga fresca de poesía, de entusiasmo, de jocundidad y de buen hacer artístico, que a esto equivale el trabajo realizado por los Cómicos de la Legua de México con sus representaciones de algunas obras maestras de los preclásicos y Clásicos españoles………” En otro párrafo continuó: “Los Cómicos de la Legua es uno de los grupos, tal vez el más valioso, de los que en las universidades mexicanas organizan los estudiantes como compañías teatrales para actuar en las ciudades del país y en los medios rurales, donde un público sencillo, intuitivo y cordial, premia con vehemencia y aplauso el arte de la antigua farsa que se le ofrece…” Termina: “Una dirección artística a cargo de Roberto Servín, muy compenetrada con el ambiente y época de esta clase de obras, y el talento y disciplina de los actores contribuyen a llevar a cabo el propósito nada fácil de convertir en realidad actual la evocación de lo que debieron ser antaño estas representaciones”.
Falta, pues, un año para llegar a las bodas de diamante. Espero alcanzarlas para hacer nuevamente realidad nuestro lema: “Aquí, ilustre senado, termina el teatro y comienza la vida”.

Roberto Servín Muñoz
Cronista Emérito de Querétaro
Foto: colección Pilar carrillo

 

Con esta función de aniversario Cómicos de la Legua UAQ celebra sus  59 año. La cita es  este miércoles 5 de septiembre en el Atrio del Convento de Santa Rosa de Viterbo a las 8:30 p.m.
Y el viernes 6 y sábado 7 en el Mesón de los Cómicos De La Legua U.A.Q. A las 8:30 p.m. recepción, 9:00p.m.función.

 

 

 

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